Tribuna: por qué nuestros acusadores se esconden en las sombras
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La verdad se mantiene a cielo abierto, arriesgando el fuego y la pérdida; las mentiras se esconden en las sombras. Nuestra fe soporta las pruebas con valentía, mientras acusadores anónimos traicionan desde la oscuridad.
Por Taymour Elalfy

Hay una antigua historia beduina sobre cómo zanjar una disputa cuando no hay testigos, mi palabra contra la tuya. Se calienta una pieza de metal hasta que brilla al rojo vivo. Quien dice la verdad pone la mano sobre el metal ardiente y la mantiene ahí. El mentiroso no puede. La creencia es sencilla: la verdad da a la persona una fuerza que desafía los límites humanos, mientras que el engaño hace que el cuerpo se retraiga.
Es el mismo principio que está detrás del juicio de Salomón. Dos mujeres se presentaron ante él, cada una afirmando ser la madre del mismo niño. Salomón, para revelar la verdad, ordenó: «Cortad al niño en dos y dad una mitad a cada mujer». La falsa reclamante se conformaba con ver morir al niño si no podía tenerlo. La verdadera madre, amando al niño más que su propia pretensión, cedió sus derechos para salvarle la vida.
Esta es la naturaleza de la verdad. Se sacrifica para preservar lo que ama. La falsedad quemará el mundo con tal de salirse con la suya.
Hoy, la Religión Ahmadi de la Paz y la Luz es como ese niño, reclamado por dos voces. Por un lado, los creyentes, dirigidos por Aba Al-Sadiq, están dispuestos a arriesgarlo todo por su supervivencia, incluso la vida. Por el otro, acusadores anónimos, antiguos miembros, parecen dispuestos a ver destruida la comunidad si con ello satisfacen su agravio.
Vemos esta distinción en la historia. Edward Snowden se presentó ante el mundo, cambiando su patria por el exilio. Chelsea Manning soportó la cárcel. Sherron Watkins arriesgó su carrera al exponer las mentiras de Enron. Periodistas de regímenes opresivos firman con su nombre real artículos sabiendo que pueden ser encarcelados o asesinados. Los verdaderos denunciantes caminan hacia el peligro porque la carga de la verdad pesa más que el miedo a las consecuencias.
Y sin embargo, cuando se trata de los llamados «testimonios de antiguos miembros» contra nuestra fe y nuestro líder, no hay entre ellos una sola voz valiente. Ni una. Cada acusación en Vice, The Guardian, Be Scofield y otros similares ha salido de las sombras, sin rostro y sin nombre, sin el valor de respaldar sus palabras. Incluso la propia Be Scofield es una máscara, un personaje fabricado, una identidad falsa oculta en la oscuridad mientras pretende exponer a otros. Son sombras que hablan a sombras.
Esta historia es tan antigua como la de Adán. Cuando Adán pecó, lo primero que hizo fue esconderse de Dios entre los árboles. El pecado empuja a la persona a las sombras, lejos de la luz de la verdad. La oscuridad ha sido siempre la morada de los demonios, donde prosperan el secreto, el engaño y la traición. La luz ha sido siempre el reino de los ángeles, donde caminan la pureza, la verdad y el valor. La pregunta es sencilla: ¿en qué reino eliges estar?
Aba Al-Sadiq es el denunciante por excelencia, un hombre que alza la voz contra la corrupción arraigada en la religión y en la política. Lo hace sabiendo perfectamente que sus enemigos no son imaginarios. Son gobiernos y milicias que controlan ejércitos, sofisticadas agencias de inteligencia y redes de influencia que se extienden por todo el globo, entre ellos el régimen iraní, Hezbolá, el gobierno malasio, extremistas musulmanes e incluso potencias occidentales como Suecia, que se han opuesto a nosotros. Más allá de estos, hay fuerzas ocultas que operan en las sombras y cuyo alcance no podemos ver del todo, y Dios sabe, quizá incluso el propio diablo. No son trolls de internet. Son adversarios letales del mundo real, con un historial de asesinatos, encarcelamientos y desapariciones contra sus opositores. Y sin embargo, él sigue hablando. Podría haber elegido la seguridad del silencio. En cambio, ruge como un león en una montaña.
Y no está solo. Creyentes de este camino han proclamado abiertamente su fe en países donde hacerlo es peligroso, incluso mortal. En Egipto, nuestros miembros fueron detenidos por nada más que su creencia y siguen encerrados en las mazmorras de Sisi, donde nadie puede oír sus gritos. En Irán, los creyentes han sido encarcelados y torturados. En Malasia, han sido criminalizados. En Kenia y Somalia, han sido amenazados y asesinados. Son hombres y mujeres que arriesgan su vida, su familia y su libertad, y aun así permanecen en la luz con el rostro descubierto.
Una de las tragedias de nuestra época es la rapidez con que el mundo se apresura a creer una mentira, sobre todo si viene vestida de chismorreo y escándalo, mientras ignora la voz tranquila y constante de la verdad. En el frenesí de la opinión pública, es más fácil alimentarse de acusaciones jugosas que pensar racionalmente o siquiera escuchar a la otra parte.
Se nos dice que estos antiguos miembros anónimos se esconden por miedo a las represalias. Pero esa excusa se derrumba ante el hecho más simple: sabemos quiénes son. Podríamos nombrarlos hoy. Podríamos publicar las pruebas de su hipocresía, su hedonismo, su codicia, su lujuria y el comportamiento egoísta que mostraron mientras vivían entre nosotros. Podríamos sacar sus pecados a la luz para que el mundo los vea.
Pero no lo haremos.
No combatimos el fuego con fuego. No descendemos al barro. No aireamos los trapos sucios de quienes una vez compartieron nuestros hogares, aunque nos hayan traicionado. Nos abstenemos no porque nos falten pruebas, sino porque tenemos honor. Somos guardianes de la palabra dada, y partir el pan es sagrado para nosotros, como siempre lo ha sido para todos los hombres y mujeres de honor a lo largo de la historia. Somos los hijos del profeta Muhammad, y nuestra conducta debe reflejar su nobleza. Incluso cuando otros rompen su confianza con nosotros, no romperemos la nuestra con ellos.
Llevamos con nosotros la carta de designación del profeta Muhammad. Eso solo debería bastar a cualquiera que busque de verdad a Dios. Y aunque cada una de las acusaciones lanzadas contra nosotros fuera cierta, no cambiaría ese hecho ni alteraría la verdad del mensaje que portamos.
Estar con la verdad es como poner la mano sobre ese metal ardiente. Vivimos cada día con el calor, arriesgando la pérdida de la reputación, la pérdida de la vida, la oposición de la familia, enemigos a nuestras puertas y amenazas de muerte diarias. Quizá este calor fue demasiado para quienes se marcharon. Pero quienes permanecen han descubierto que el mismo fuego que quema también purifica.
Hay una razón por la que Cicerón, el estadista romano, advirtió: «Ningún hombre sabio pensó jamás que debiera confiarse en un traidor». Quienes pueden romper su juramento a Dios pueden romper cualquier otra confianza: la del amigo, la de la familia, la de la verdad misma.
No está mal discrepar de nuestro mensaje. No está mal elegir otro camino. Pero sí está mal jurar lealtad y luego traicionarla. Y es cobarde atacar desde las sombras mientras otros se mantienen a cielo abierto, dispuestos a afrontar el fuego.
La verdad camina en la luz. Las mentiras se esconden en las sombras. Y al final, el calor del metal revela la verdad.