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La Santa Trinidad: la manifestación divina en la creación

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Dios se manifiesta en la creación mediante una estructura triple, a menudo denominada la Trinidad de la Manifestación: el Maana (Significado), el Ism (Nombre) y el Bab (Puerta). El Maana representa la realidad divina oculta, el Ism es su identidad expresada en la creación (como el Profeta o el Imam), y el Bab es la puerta a través de la cual la gente accede al Nombre y lo reconoce.

Por Lina Irshaid

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santa trinidad

Desde el principio ha existido un anhelo innato y una sed profunda de acercarse a esa Luz perfecta de la que todas las cosas han surgido, y de conocerla. Hay una necesidad profunda de regresar, y quien se vuelve hacia su naturaleza interior comprende que en realidad no pertenece a este mundo, sino que está conectado con una Verdad superior que abarca, gobierna y sostiene todas las cosas con perfecta sabiduría y precisión.

Esto nos lleva a reconocer la necesidad esencial que la creación tiene de Dios y de Su guía. Sin embargo, primero debemos ser capaces de identificar quién es el verdadero Dios y cómo seguir Su guía en la tierra. Lo que presenciamos hoy en forma de engaño, confusión, opresión, egoísmo y corrupción refleja una realidad más profunda: una sed interior generalizada en muchas personas, un anhelo desesperado de conocer la verdad, de encontrar al verdadero Dios y de comprender Su presencia y Su influencia reales en medio de lo que la humanidad está viviendo hoy.

Dios: el Padre, el Bueno

Dios es el Padre, el Uno, el verdadero Dios, el Creador de todas las cosas. Es la Realidad Absoluta, completamente más allá de la comprensión humana. Es imposible que la creación Lo conozca o Lo comprenda plenamente en Su esencia. Para entenderlo, podemos servirnos de un ejemplo sencillo. Imagine a un programador que crea un mundo virtual completo. Diseña todo en él: el entorno, los personajes y las reglas del mundo. Es el creador de toda esa realidad, y sin embargo permanece fuera de ella.

Los personajes de este mundo empiezan a preguntarse por su origen y por quién los creó. El programador entra entonces en el juego bajo una forma que ellos pueden ver y con la que pueden interactuar. Esta forma no es su verdadera esencia, sino una manera de comunicarse con ellos y de responder a sus preguntas dentro de su mundo limitado. Lo que podemos comprender entonces es que Dios es conocido en la creación a través de Su manifestación. No se Lo ve en Su esencia, pero se da a conocer mediante una forma o presencia dentro de la creación que puede guiarla y dirigirse a ella.

Esta es la Bondad absoluta de Dios. Todo lo que existe proviene de Él y refleja de algún modo Su presencia. Es conocido a través de Su creación y de Sus manifestaciones, incluidos el mando y el gobierno, y esta bondad nunca termina.

«Dios en la creación»

La mayoría de las personas del mundo, sea cual sea la religión que sigan, ya sea una fe occidental u oriental, o incluso de tradiciones antiguas que se han desvanecido, así como diversas sectas y denominaciones, no se han topado con el término «Dios en la creación». Sin embargo, este concepto es sumamente importante y se encuentra en el mismo corazón de este artículo. Entonces, ¿qué significa «Dios en la creación»?

Desde esta perspectiva, Dios en la creación no se entiende como Dios —la Bondad absoluta— que se vuelve limitado o contenido dentro del mundo físico, sino como Dios que manifiesta Su voluntad, Su autoridad y Su presencia por medio de representantes humanos elegidos. Dios mismo permanece absolutamente trascendente, pero se da a conocer mediante una manifestación viva que la gente puede ver, con la que puede interactuar y por la que puede ser puesta a prueba.

Esta manifestación humana existe en toda edad y en todo tiempo. No cesó después de Buda, ni de Krishna, ni de Zoroastro, ni de Moisés, ni de Jesús, ni de Muhammad. Es, más bien, una realidad continua. Pero esta es la verdad difícil que la mayoría de los creyentes tienen dificultad para captar. Por sus propias decisiones, muchos no reconocen esta presencia divina continua y se colocan, en cambio, en la posición de intentar resolverlo todo por sí mismos. Al hacerlo, a menudo crean desorden con sus propias manos en lugar de aportar una verdadera corrección, y los asuntos se vuelven poco a poco más complejos y arraigados en lugar de resolverse.

Esta manifestación humana aparece externamente como un ser humano normal que come, se casa y vive como muchos otros, pero interiormente representa la supremacía y la guía divinas de Dios en la tierra. Esta realidad se presenta como una prueba del verdadero monoteísmo. La gente oye hablar del inmenso rango y del poder de este humano elegido y designado, ya sea reconocido como Profeta, Mensajero, Rey o Imam, y sin embargo lo ve oprimido, limitado y tratado como cualquier otro ser humano. Esta aparente contradicción obliga a elegir: ver solo lo aparente (el zahir) o reconocer la realidad interior (el batin) como la manifestación de la voluntad divina. Así como los ángeles pueden aparecer en forma humana sin dejar de ser lo que realmente son, este ser humano especial y completo representa el mandato y la presencia de Dios en la creación, aunque siga sujeto a las condiciones de la vida humana. Por lo tanto, «Dios en la creación» no consiste en adorar un cuerpo físico, sino en reconocer y responder a la supremacía divina expresada a través de ese cuerpo, tratándolo como se trataría el mandato del mismo Dios.

Pero, como manifestación de Dios, Dios se manifiesta en la creación mediante una estructura triple, a menudo denominada la Trinidad de la Manifestación: el Maana (Significado), el Ism (Nombre) y el Bab (Puerta). El Maana representa la realidad divina oculta, el Ism es su identidad expresada en la creación (como el Profeta o el Imam), y el Bab es la puerta a través de la cual la gente accede al Nombre y lo reconoce. Mediante esta manifestación triádica, Dios gobierna, revela, guía y se da a conocer en el mundo mientras permanece trascendente por encima de él. Así, Dios en la creación se entiende como un proceso estructurado de manifestación: la Esencia invisible, el representante manifiesto y la puerta que guía, que juntos forman el medio por el cual la humanidad se encuentra con la verdad divina.

La Santa Trinidad

El concepto de la Santa Trinidad es un patrón metafísico recurrente que se encuentra en diversos sistemas de creencias y que se utiliza para describir cómo el Uno, el Absoluto, se expresa de una manera que puede entenderse conceptualmente. Dado que se considera que la realidad última está más allá de la comprensión humana directa, a menudo se la aborda mediante manifestaciones o expresiones estructuradas dentro de la existencia. Con frecuencia esto adopta la forma de un patrón triple utilizado para describir la relación entre lo divino y el cosmos, tal como se ha aclarado antes.

Sin embargo, no existe una doctrina única y unificada de este concepto compartida por todas las religiones, pues cada tradición lo expresa en su propio marco teológico y filosófico distintivo. A continuación se presentan varios ejemplos de tales estructuras triádicas, seguidos de lo que creemos en la Religión Ahmadi de la Paz y la Luz: cuál es la verdadera trinidad, según las enseñanzas de los líderes de la fe, el Imam Yamaní Ahmed Al-Hassan y el Qaim Aba Al-Sadiq Abdullah Hashim. Estas enseñanzas proceden de las enseñanzas secretas del profeta Muhammad, de los Imames y de sus puertas hacia sus verdaderos Shia (seguidores) a lo largo de la historia islámica hasta hoy.

Presentaré ejemplos de lo que se ha denominado la «Santa Trinidad» en el antiguo Egipto, el hinduismo y el cristianismo. Son simplemente ejemplos ilustrativos destinados a aclarar el concepto. Esto no significa que, en la Religión Ahmadi de la Paz y la Luz, estos sistemas se adopten en todos sus detalles. Más bien, la visión es que dentro de todo sistema de creencias hay un elemento de verdad, junto con distorsiones y falsedades, como la comprensión cristiana convencional de la Trinidad y, por otra parte, la falta generalizada de conciencia en el islam convencional sobre lo que se describe como una forma verdadera de la santa trinidad más allá del shirk (politeísmo).

Según esta perspectiva, descuidar esta comprensión ha contribuido al extravío de la comunidad musulmana, o más bien de todas las comunidades, con consecuencias que muchos observan hoy.

El primer ejemplo: la trinidad en el antiguo Egipto (tríada divina)

En la religión del antiguo Egipto había varias trinidades, comúnmente denominadas tríadas divinas o familias de tres dioses. La más conocida es la Tríada Osiriana, formada por el padre, la madre y el hijo. Esta familia divina representa el ciclo de la existencia, que va de la muerte y la resurrección a la restauración y la renovación.

El primer dios es Osiris, conocido como el Rey de los Muertos y asociado con el juicio y la resurrección. Encarna el principio de la transformación y el renacimiento, y expresa la idea de que la vida continúa más allá de la muerte a través de un ciclo eterno. La segunda, una diosa, es Isis, venerada como la diosa de la magia, la curación, la protección y la maternidad divina. Representa la fuerza que sustenta y restaura, y emplea la sabiduría y el poder para preservar la vida y traer la renovación, incluida la resurrección de Osiris. El tercer dios es Horus, el rey viviente e hijo divino de Osiris e Isis. Simboliza la realeza, el orden y la autoridad viva sobre la tierra, que restaura el equilibrio cósmico tras el caos y encarna la expresión visible del gobierno divino.

En el pensamiento del antiguo Egipto, lo divino se entendía como el orden vivo del propio universo, que se despliega continuamente a través de ciclos y se mantiene mediante la armonía. No se lo veía separado del mundo, sino presente en él, expresado en muchas formas y revelado mediante procesos como la creación, la muerte, el renacimiento y el orden. Esta tríada era una manifestación visible de esa realidad más profunda, y cada uno de sus miembros representaba una fuerza o un principio específico a través del cual el orden cósmico se revela y se sustenta a la vez.

El segundo ejemplo: la trinidad en el hinduismo (Trimurti)

La Trimurti representa las tres funciones primarias de lo Divino en relación con el universo. La primera es Brahma, el Creador. Es el ser divino responsable de hacer existir el universo. Representa el principio de la creación, el origen a partir del cual comienzan todas las formas y los seres. El segundo es Vishnu, el Conservador. Es el ser divino responsable de sostener y mantener el universo. Representa el principio del orden y la continuidad, que asegura que se preserve el equilibrio cósmico (dharma). El tercero es Shiva, el Destructor o Transformador. Es el ser divino responsable de la disolución y la transformación. Representa el principio del cambio y la trascendencia, mediante el cual todas las formas se descomponen para que pueda surgir una nueva creación.

En el pensamiento hindú, lo divino se entiende como una realidad última e infinita que subyace e impregna toda la existencia. Esta realidad se conoce como Brahman, la fuente eterna, inmutable y no dual de todo. Está a la vez más allá del universo y presente en él, y se manifiesta a través de innumerables formas, fuerzas y deidades. La Trimurti es una manera de expresar cómo opera esta única realidad unificada dentro del cosmos.

Vishnu es el único de la Trimurti con una doctrina clara de encarnación, pues aparece en la tierra mediante avatares como Rama y Krishna. Shiva no tiene un sistema formal de encarnaciones, pero se entiende que se manifiesta en diversas formas y apariciones divinas, como Nataraja (el bailarín cósmico) y Bhairava (una forma protectora feroz). Brahma no se asocia ni con la encarnación ni con la manifestación terrenal en la tradición convencional y sigue siendo un principio creador cósmico sin sistema de avatares.

El tercer ejemplo: la Trinidad en el cristianismo

El Dios Uno, el Absoluto, es la realidad divina última, eterna y más allá de la plena comprensión humana; la fuente de toda existencia. No puede ser aprehendido en Su esencia. Sin embargo, para ser conocido, se revela a través de Sus manifestaciones eternas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. No son dioses separados, sino un solo Dios en una manifestación triple.

El Padre es la fuente invisible, el origen sin origen, que está más allá de toda la creación. El Hijo es el Verbo divino (Logos), engendrado eternamente del Padre, mediante el cual Dios se da a conocer de una manera que la creación puede comprender. El Espíritu Santo procede de Dios y es la presencia viva y activa de Dios dentro de la creación. El Espíritu es la fuerza de la vida, de la acción y de la guía, por la cual se lleva a cabo la voluntad divina. A través del Espíritu, la presencia de Dios se manifiesta, sosteniendo y moviendo la creación.

La relación entre ellos no es de separación, sino de unidad en la esencia y de distinción en la función. El Padre es la fuente, el Hijo es la expresión (el Verbo) y el Espíritu Santo es la acción y la presencia. La intención divina se revela a través del Hijo y, por medio del Espíritu, esta intención se vuelve viva y activa dentro de la creación.

En el cristianismo convencional se cree que el Hijo eterno, el Verbo (Logos), se hizo carne y se encarnó como Jesucristo. El Padre no se encarna y permanece eternamente trascendente, sin hacerse jamás carne. Es la fuente sin origen de la Trinidad. Tampoco se considera que el Espíritu Santo esté encarnado; más bien, se entiende al Espíritu como la presencia activa y viva de Dios en el mundo, que obra invisiblemente dentro de la creación. No obstante, el cristianismo también enseña una morada especial del Espíritu Santo en los creyentes, lo que significa que, tras la crucifixión y la resurrección de Cristo, el Espíritu habita de un modo único y personal en los cristianos que están «en Cristo».

El cuarto ejemplo: la trinidad en la tradición hermética

El Uno, el Padre, el Absoluto, es la realidad última e incognoscible, más allá del intelecto, de la descripción y de la comprensión; la fuente de todo. Su esencia es la bondad pura. No puede ser conocido directamente.

Por ello, para ser conocido, manifestó Su primera manifestación: la Mente Divina (Nous). Mediante esta manifestación se dio a conocer, pero de una manera limitada.

La Mente Divina actúa como mediadora entre el Padre, el Absoluto, y la creación. De ella emanan una Voluntad Divina y un Verbo Divino, que no están separados de ella. La Voluntad Divina se describe como la primera fuerza viva de acción. Como resultado de esta actividad divina se forma una expresión, que se llama el Verbo Divino. Al expresarse el Verbo Divino, la creación llega a existir. En pocas palabras, la intención divina se convierte en mandato, y el mandato se convierte en creación.

Lo que ejecuta la creación a partir de la Voluntad y del Mandato es la tercera manifestación, la Mente Formativa (Demiurgo). La Mente Formativa puede describirse como el principio de orden mediante el cual la creación y el universo se estructuran y funcionan. A través de esta manifestación divina se produce la delegación para la administración de los asuntos de la creación. En la práctica, activa el gobierno de la Mente Divina. La Mente Formativa expresó entonces a los Siete Gobernantes (a menudo asociados con los planetas clásicos), entendidos como inteligencias cósmicas rectoras y fuerzas espirituales intermedias que organizan y regulan el orden de la creación. Gobiernan el movimiento de los cuerpos celestes, los ciclos del tiempo y los patrones del destino, de la causalidad y del orden cósmico que dan forma a la existencia.

De ellos se forma la Naturaleza como el sistema vivo del universo, compuesto por todas las leyes naturales, fuerzas y procesos vitales. Es a través de la Naturaleza como estas inteligencias superiores operan en el mundo físico, traduciendo el orden cósmico en crecimiento, cambio y vida. La Naturaleza manifiesta el cosmos sensible, que es el universo físico que percibimos a través de los sentidos. Es el mundo visible de la materia, el espacio, el tiempo, las estrellas, los planetas y los seres vivos, y el resultado observable final de la actividad de la Naturaleza en la realidad.

Es esencial comprender que la verdadera «trinidad» metafísica no se encuentra en el nivel de los Siete Gobernantes, la Naturaleza o el cosmos sensible, sino en un nivel superior del ser, formado por el Uno, la Mente Divina (Nous) y el Verbo (Logos). Estos tres forman la estructura central de la realidad en su expresión más elevada.

Aba Al-Sadiq dedicó varias conferencias en el «Hall of Mysteries», en las que presentó las enseñanzas de Hermes sobre Dios y el modo de conocerlo a través de las manifestaciones. Cualquier seguidor e investigador atento comprobará que no cabe duda de que estas enseñanzas están en fuerte armonía con las enseñanzas de Muhammad y de la Familia de Muhammad, así como con las enseñanzas del Imam Ahmed Al-Hassan que la Religión Ahmadi de la Paz y la Luz abraza sobre la realidad del monoteísmo y el conocimiento de Dios.

La verdadera Trinidad

Presentaré ahora el concepto de la Trinidad en el islam. Puede sorprender a muchos que el verdadero islam esté construido sobre una verdadera estructura trinitaria. Es algo completamente rechazado y duramente denunciado por la corriente dominante del islam, y la mayoría de los musulmanes apenas lo comprenden, o no lo comprenden en absoluto, ni su relación con la esencia de la adoración, el verdadero monoteísmo y el camino del creyente hacia la ascensión espiritual.

Este conocimiento se encuentra en las enseñanzas de los Ahlul-Bayt, la Familia del profeta Muhammad, cuyo conocimiento ha sido en gran medida descuidado por la comunidad musulmana en general, que ni le ha dado la importancia que merece ni ha reconocido plenamente la necesidad de recibir esta comprensión divina. Este conocimiento se ha conservado en narraciones y textos atribuidos a Muhammad y a su Familia, salvaguardados por ciertas tradiciones chiitas y alauitas.

Para mí, y para muchos creyentes que han entrado en esta Llamada, este profundo conocimiento solo se hizo accesible a través del Imam Ahmed Al-Hassan, en particular a través de una de sus mayores obras, El Libro del Monoteísmo, así como a través de las conferencias del Mahdi, Abdullah Hashem Aba Al-Sadiq.

En las enseñanzas del Imam Ahmed Al-Hassan se estructura un mapa cosmológico simbólico de la existencia mediante un sistema estratificado de signos y rangos. En su nivel más básico utiliza las formas simbólicas de las letras árabes «nun» y «baa» como marcadores fundamentales de la realidad. La «nun» se representa como una forma a modo de recipiente que simboliza «El Trono Mayor», con un punto que simboliza el Muro (Siradiq), el velo situado sobre el nivel más alto de la creación, mientras que la «baa», como forma a modo de recipiente, simboliza «La Silla», con un punto situado debajo que simboliza «El Gran Trono».

El primer punto representa el límite de la existencia creada y funciona como la separación entre el reino creado y la realidad divina que hay más allá. Se lo describe como el punto donde se alcanza el límite de la percepción y más allá del cual la comprensión ordinaria no puede avanzar. En este contexto se describe al profeta Muhammad como quien llegó a este límite, donde «atisbó a través del velo» la realidad divina, una estación que ningún otro ser, se dice, había alcanzado en su tiempo. El Velo se describe también como el Espíritu de Dios, la primera creación de luz, reflejada como las Cinco Luces Divinas de los Ahlul-Kisa, el Verbo Divino, el Corán.

Muhammad es descrito como el (Barzakh) supremo, es decir, el intermediario último entre Dios y la creación. En este papel abarca el propio velo, absorbiendo y reflejando plenamente su significado. Se vuelve lo bastante grande en la realidad espiritual como para contener en sí mismo todos los niveles de la creación. Por ello se lo describe como la manifestación más completa de la realidad divina dentro de la existencia, que representa plenamente la conexión entre lo divino y el orden creado.

Debajo de las dos formas simbólicas, la (nun) y la (baa), están los siete cielos. Estos cielos están dispuestos en orden descendente, del más alto al más bajo, y forman una jerarquía estructurada, no mundos separados o desconectados. Juntos, estos elementos crean un diagrama unificado de la existencia basado en la representación simbólica.

Cuando se combinan estos niveles, la estructura forma un total de diez rangos o estatus. Los siete cielos constituyen el orden ascendente inferior de la creación, mientras que los elementos simbólicos superiores de «nun» y «baa» representan estaciones metafísicas más elevadas por encima de ellos. Esto establece un sistema jerárquico completo en el que todos los niveles de la existencia están interconectados y ordenados dentro de un único marco.

¿Puede simplificarse esto?

En el nivel más alto está Huwa/Él, la Esencia Divina, el Significado. Se refiere a Dios en Su estado absoluto, completamente más allá de la descripción, de la forma o de cualquier limitación conceptual. Es la realidad que no puede ser aprehendida directamente por el intelecto humano, pues trasciende todas las categorías del pensamiento y de la imaginación. Es la fuente oculta detrás de toda la existencia.

De esta Esencia trascendente emerge el nivel del Nombre, Allah. El Nombre funciona como la expresión integral de todos los atributos divinos, como la misericordia, la sabiduría, el poder y la creación. A través de él, la Esencia incognoscible se vuelve parcialmente cognoscible para la creación. No es la Esencia misma, sino la manera en que la Esencia es reconocida y mencionada dentro del orden creado. Es el velo, el (barzakh) entre la realidad absoluta y la creación.

El tercer nivel es la Puerta, que representa el punto de acceso entre la creación y la realidad divina. Es el canal a través del cual se alcanzan el conocimiento, la guía y el reconocimiento del Nombre Divino. Sin esta puerta, el Nombre permanece distante e inaccesible para la creación. Funciona como el intermediario necesario mediante el cual la comprensión y la conexión se hacen posibles.

Como manifestación humana, el Imam Ali es identificado como el «Significado», el nivel más alto de manifestación divina accesible a la creación. Como sabemos, la esencia divina no puede conocerse directamente, pues nada puede comprender a Dios en Su realidad absoluta. Por eso cualquier investigador de la historia islámica sabe que los musulmanes no podían soportar en absoluto al Imam Ali.

El Nombre (Allah), representado por el profeta Muhammad, era mucho más fácil de aceptar para los musulmanes. Como el profeta Muhammad se disolvió en el velo que abarca todos los atributos divinos, llegó a encarnarlos plenamente. A través de él, la gente llegó a conocer la mejor representación de Allah —la manifestación integral y recopiladora de todos los atributos divinos— por la cual se dio a conocer el Nombre.

Así, la gente llegó a resentirse y a combatir al Imam Ali, porque no era capaz de comprenderlo del modo en que sí podía comprender al profeta Muhammad. El profeta Muhammad representaba una manifestación más ligera, más fácil de entender y de enfoque más accesible, mientras que la manifestación del Significado era mucho más profunda y exigente en su realidad. En cuanto a la manifestación de la Puerta en aquel tiempo, fue Salman, que procedía originalmente de entre la gente común.

A muchos les resulta difícil aceptar la idea de que alguien pueda ser mayor que los principales Profetas de firme determinación. La noción de que una figura pueda superar a Noé, Abraham, Moisés, Jesús y Muhammad, y comprender que Ali ibn Abi Talib representa una manifestación mayor que la del profeta Muhammad, es un concepto pesado que a muchos les cuesta aceptar. La razón de esta dificultad no es necesariamente el rechazo, sino la falta de comprensión. Aun así, queda la esperanza de que, con claridad y reflexión, este concepto pueda hacerse más accesible a quienes buscan captar su significado más profundo.

Esta verdad no se encuentra en la corriente chiita dominante, sino en la doctrina nusayrí. El sistema de creencias nusayrí es uno de los más alineados con las enseñanzas del Imam Ahmed Al-Hassan. Sostienen que no hay Significado ni realidad última salvo Ali ibn Abi Talib, ni Nombre ni velo salvo Muhammad, ni Puerta salvo Salman. En la Religión Ahmadi de la Paz y la Luz se afirma que así fue, en efecto, en aquel tiempo.

También debemos recordar que el Significado, el Nombre y la Puerta se manifiestan en toda edad. Por lo tanto, en el tiempo presente —la era del Mahdi— estas manifestaciones también existen, y la gente debe procurar identificar quién representa hoy la Puerta, el Nombre y el Significado para encontrar verdaderamente el camino.

El propósito del hombre

El propósito de la existencia humana es el ascenso. Toda persona está llamada a crecer en conciencia, en purificación y en cercanía a la realidad divina hasta alcanzar la más alta estación posible.

El verdadero monoteísmo, según el Imam Ahmed Al-Hassan, no es solo una adquisición intelectual de conceptos o declaraciones verbales, sino una realidad vivida, lograda mediante la acción, la sinceridad y la devoción continua a Allah. El ser humano es creado para un viaje transformador en el que progresa espiritualmente hasta convertirse, en el sentido más elevado, en una manifestación de la guía divina en la tierra. Esto significa que el camino del monoteísmo no es teórico ni limitado; es un ascenso continuo hasta que el siervo alcanza el más alto rango asequible de representación divina en la creación.

El Imam Ahmed Al-Hassan subraya que este propósito está arraigado en la propia creación del hombre: la humanidad fue creada para alcanzar la perfección y el más alto grado de cercanía a Allah. En este marco, al ser humano se lo describe como una imagen de lo divino.

Ningún creyente debe suponer que este rango es inaccesible o que está velado para siempre. Es, más bien, una puerta abierta, disponible para todos hasta el fin de los tiempos, y la verdadera pérdida es la de quien descuida esta oportunidad y no la persigue.