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El detenido azerí Rustam habla tras su liberación de la prisión de Bakú

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«Me rompieron un diente, y el propio jefe me pisoteó, apretándome con el pie la garganta y el estómago, e incluso los genitales»

Por Caroline Hoeren

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En una entrevista exclusiva con Estado Justo Divino, Rustam Gasimli, miembro azerí de la Religión Ahmadi de la Paz y la Luz, ha roto su silencio tras su reciente liberación de su injusto encarcelamiento en el Centro de Detención Temporal de Binagadi, en Bakú, Azerbaiyán. Su testimonio arroja luz sobre el calvario que él y su compañero, Nariman Shabanzade, soportaron mientras repartían folletos pacíficamente en Bakú el 23 de julio de 2024.

Gasimli relata cómo sus esfuerzos pacíficos de divulgación, retransmitidos en directo por TikTok, dieron un giro sombrío cuando unos agentes de policía intervinieron bruscamente. «Se nos acercaron y dijeron: “No repartan folletos, no pueden”. Cuando preguntamos el motivo, se limitaron a repetir: “No pueden”, sin ninguna explicación». Sus reiteradas preguntas fueron recibidas con hostilidad. La situación se agravó cuando un agente agarró con fuerza a Gasimli por el cuello, separándolo de Shabanzade. Poco después llegaron varios agentes más. Gasimli y Shabanzade fueron arrastrados a un edificio cercano, donde los agentes iniciaron una brutal agresión antes de trasladarlos a la comisaría. «En la entrada del edificio, seis o siete agentes nos golpearon», relató Gasimli. «Nos insultaron, nos golpearon con los folletos que estábamos repartiendo y siguieron agrediéndonos mientras los transeúntes miraban con miedo, incapaces de intervenir». La paliza continuó durante unos 10 o 15 minutos hasta que llegó el coche de policía. Gasimli y Shabanzade fueron entonces metidos a la fuerza en el vehículo, donde sufrieron nuevas amenazas, insultos y maltrato físico.

Tortura en Azerbaiyán
A Rustam Gasimli le saltaron los dientes de un puñetazo del agente de policía

Al llegar a la comisaría, Gasimli describe un escenario aún más espantoso. «En cuanto nos hicieron entrar, había más agentes esperando. En el despacho del jefe, entre 13 y 15 agentes nos golpearon sin descanso durante 30 o 40 minutos», dijo. La violencia se intensificó cuando los agentes apuntaron a sus rostros, cabezas y piernas, y algunos incluso intentaron meterles folletos en la boca. «Me rompieron un diente, y el propio jefe me pisoteó, apretándome con el pie la garganta y el estómago, e incluso los genitales, lo que me hinchó los testículos y sigue doliéndome hasta hoy». El maltrato no se detuvo ahí. Gasimli y Shabanzade fueron humillados aún más cuando se introdujo por la fuerza una porra en el trasero de Gasimli. «Nos insultaron con un lenguaje vil, y a medida que crecía su ira, crecía también su violencia», dijo Gasimli, y señaló que a Shabanzade se le coaccionó para que participara en el maltrato, pero se negó. Por ello, volvieron a golpearlos.

Además de soportar horas de maltrato, a Gasimli y Shabanzade se les negaron derechos humanos básicos. Los mantuvieron en una celda reducida y aislada, sin comida durante un día, y solo les daban agua cada cuatro horas. Para agravar su sufrimiento, se presentaron cargos falsos contra ellos. «Nos acusaron de delitos que nada tenían que ver y nos advirtieron de que, si continuábamos con nuestra divulgación pacífica, nos enfrentaríamos a penas aún más duras y a más tortura».

El proceso judicial ofreció escaso alivio. Según Gasimli, los ocultaron a su abogado y a sus familias, los trasladaron de una comisaría a otra y, finalmente, los llevaron ante un juez en circunstancias dudosas. «Nos dijeron que, si no presentábamos queja, solo nos pondrían una multa. Pero insistimos en que denunciaríamos la violencia», dijo Gasimli. A pesar de presentar sus lesiones como prueba y de suplicar que se investigara la mala conducta policial, sus súplicas cayeron en saco roto. El juez desestimó sus alegaciones, se negó a revisar las grabaciones de vigilancia y se basó en el falso testimonio de un agente que no estuvo presente durante las palizas. También se ignoraron las circunstancias personales de Gasimli, entre ellas su responsabilidad sobre cuatro personas a su cargo, un hijo de 40 días y una madre y una abuela con enfermedad mental. «Denunciamos que habíamos sido sometidos a tortura siendo inocentes, pero no importó. Ninguna de nuestras solicitudes fue tenida en cuenta», lamentó Gasimli. El juez condenó finalmente a ambos hombres a 30 días de detención, una resolución que Gasimli calificó de flagrante error judicial.

A medida que el testimonio de Gasimli circula, plantea preguntas urgentes sobre el trato a las minorías religiosas en Azerbaiyán y sobre la conducta de sus fuerzas del orden. Su relato, sacado a la luz gracias a su valiente decisión de hablar, subraya la urgente necesidad de rendición de cuentas y de reforma. La comunidad internacional observa de cerca mientras Gasimli, Shabanzade y quienes los apoyan exigen justicia.